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EL COLOR DE LOS PUEBLOS ABANDONADOS
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Autor: Javier Selva
Fecha: 18/05/2011

Cuando descubrí el Land Art sentí como una especie de iluminación. Era posible crear arte en la naturaleza, sin modificarla, usando sus propios elementos y de una manera efímera. Era como un gran juego que no deja señales y nos libera de la opresiva sensación de tener que perdurar en el tiempo. Así alucine con Andy Goldsworthy o Richard Long y descubrí sus creaciones como el que ve de repente la piedra o el árbol en el camino que ha recorrido miles de veces y nunca ha reparado en ellos. Mis primeras impresiones sobre estas creaciones fueron las esperables: obras infantiles y simplistas para un público poco sofisticado. Es justo todo lo contrario. Hay que dedicarles el tiempo que merecen y pensar, como buenos amantes de la naturaleza, más con el corazón que con la cabeza. Y después de pasar por el necesario proceso de “educación visual” descubrí, un mundo mágico y primitivo, lleno de sensibilidad y respeto al medio donde se desarrolla. Una forma de creación envolvente que todo lo inunda porque forma parte del paisaje.

Llevaba un tiempo dándole vueltas a una idea. Todos tenemos obsesiones que nos persiguen por más tiempo que pasa en nuestra vida y una de las mías son los Pueblos Abandonados. Desde mis primeras salidas por las montañas de nuestro país, el descubrimiento de casas y pueblos enteros abandonados por sus habitantes me producía una doble sensación de desasosiego y atracción irresistible. Siempre la misma pregunta: “cuántas historias y cuántos finales entre las paredes de las casas medio derruidas”, “¿qué pasó y qué pasará con todo lo que esconden estas piedras?”.

He pasado mucho tiempo en estos pueblos, he intentado escuchar lo que tienen que decirme, y he dejado de verlos en blanco y negro, sobre todo en negro que era como hasta ahora los había fotografiado. De repente comencé a verlos en color, con mucho color, porque muchos empezaron a contarme sus historias, las vidas que vivieron y los anhelos de tanta gente que sintió la vida en sus calles.

Y solo necesité coger mi vieja cámara de placas 13x18 y poner a funcionar todos los mecanismos que hacían que la antigua fotografía química fuera como un gran sueño. Cuando las fotos se creaban en el momento de la toma y no en el ordenador. Y llenar de vatios y de color un pueblo por cada estación del año. Y la primera, el invierno, fue Abenozas en el Prepirineo de Huesca. Vendrán otros, y ojalá que fueran todos los que existen en nuestros campos, antes de que mueran del todo incluso en la memoria. Y pensar, aunque solo sea por un momento, que nuestros Pueblos Abandonados están otra vez llenos de vida y color.

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